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01 de Noviembre, 2011 | Caminito al costado del mundo

De contramano

Ir en contramano es ser transgresor, algo poco habitual en la política criolla. Los parlamentarios de nuestro país, por ejemplo, que no son creativos, se acomodan en sus habitáculos de oro y desde ahí actúan como animales en medio de la naturaleza salvaje, activando su principio de conservación de la especie. Jamás van contra la corriente. Eso sí, como buscan evitar su extinción, se convierten en especímenes muy peligrosos.

Parte de ese mecanismo de supervivencia, es actuar de forma populista, entrando en un vale todo, en donde lo importante no es la racionalidad de sus propuestas, sino que las mismas puedan tener una buena receptividad ante sus futuros votantes, a quienes dicen representar. O peor aún,  beneficiando los intereses de sus ocasionales patrones. No piensan en políticas de Estado que puedan solucionar los problemas con los que tenemos que convivir periódicamente en el Paraguay. Actúan de forma reactiva, no proactiva. Se aíslan del sentido común intentando generar simpatías que les puedan garantizar ocupar un lugar de privilegio en la elaboración de las próximas listas sábana. O directamente para pagar favores a quienes los ubicaron en un puesto de privilegio, para los que en muchas ocasiones, no están preparados.

En el mundo la epidemia que está causando mayor cantidad de muertes y personas lisiadas son los mal llamados accidentes de tránsito. Los siniestros en las rutas cobran vidas cada vez más jóvenes y está arrojando un preocupante número de personas que quedan postradas por el resto de sus existencias. El Paraguay de las motos, de los conductores irresponsables y los controles permeables, no escapa a este contexto.

Los atendidos en el único hospital de referencia, Emergencias Médicas, van aumentando exponencialmente. El presupuesto para los centros especializados en rehabilitación se multiplica cada año. El dolor y la tristeza forman parte de una postal que se reitera cada día en todo el país. Para intentar paliar esta realidad, se aglutinaron una infinidad de propuestas en una Ley Nacional de Tránsito que sigue su peregrinar eterno en el Congreso de la Nación sin que figure en agenda para ser analizado en las plenarias.

En contrapartida, diputados sancionan un proyecto de ley para evitar que los rodados sean retenidos por la Policía Caminera. Resguardan el bien material por encima de los siniestros que pueden causar los mismos por no estar en condiciones de circular nuestras rutas. Eso no es todo, ahora piden aumentar el número mínimo de alcohol en la sangre para poder conducir. Cuando los paradigmas aplicados en todas las latitudes del mundo apuntan a eliminar la posibilidad de que una persona que haya consumido una gota de alcohol pueda conducir, acá pretendemos que se pueda tomar un “chiquitito más” para evitar una sanción pecuniaria.

Estas iniciativas vienen a sumar más confusión en una sociedad, en la que no se pueden registrar en los historiales médicos de los accidentados que aparentan estar alcoholizados si efectivamente lo están o no, porque los profesionales de la salud pueden ser demandados por levantar falso testimonio. En donde los doctores dejan el Centro de Emergencias Médicas porque ya no soportan tener que moquetearse con los pacientes alcoholizados que no quieren ser atendidos después de protagonizar un choque en la vía pública.

En Paraguay los conductores verdaderamente peligrosos, que vienen siempre de contramano a toda sensatez y que destruyen la posibilidad de construir una sociedad mejor, son los parlamentarios. De un montón de ellos está empedrado el camino directo al infierno.

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