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20 de Abril, 2012 | Caminito al costado del mundo

Cuatro años después

Existen hechos históricos que en sí tienen un valor superior, pero se van desdibujando por las consecuencias políticas directas del mismo. Un ejemplo recurrente es el marzo paraguayo. Si analizamos el gobierno posterior a la movilización ciudadana, nos queda un mal sabor de boca, y nos olvidamos de lo que significó para la democracia la activa participación de la gente en la defensa de sus intereses, rechazando cualquier intento retorno a una dictadura.

Lo mismo ocurre cuando recordamos el cuarto aniversario de las elecciones de 2008, en las que se produjo la impensada alternancia en el gobierno. Los colorados, enquistados en el poder por más de seis décadas, asumieron una de las posturas institucionales más dignas y gloriosas de su historia, reconocer su derrota electoral, conscientes de lo que significaba aquella posición, ir a la temida llanura.

Este cambio de signo político, sin violencia, a través de las urnas significó el primer acontecimiento de este tipo en toda la historia de nuestro país. A lo largo de los casi 200 años de existencia como República independiente, solamente se había alcanzado la alternancia a través de golpes de Estado y revoluciones. Un dato no menor para una endeble democracia que basó su fortaleza en elecciones transparentes y en la libertad de expresión.

En este último punto, de la calidad de la democracia radica el principal motivo por el que este 20 de abril pase prácticamente desapercibido. Porque el gobierno de Fernando Lugo, con sus luces y sus sombras no ha logrado en estos más de 3 años y medio de gestión disminuir los índices de desigualdad social que arrastraba la administración del poder central.

Que se hayan entregado kits escolares. Que se haya aplicado un programa de salud gratuita, imperfecta, pero encaminada a un proceso de alcance a mayor porcentaje de la población. Que haya ampliado el número de beneficiarios de programas sociales, no son indicadores suficientes para hablar de un cambio radical en las políticas públicas de eliminación de la pobreza y la miseria como el inicio de un rumbo claro para encaminar la transformación el país. Siguen pendientes indicadores contundentes en la administración de Lugo sin ser atendidos como corresponde. El caso más contundente es la postergada, olvidada y manipulada reforma agraria integral.

Más grave aún es la falta de transparencia en la gestión administrativa. El combate a la corrupción no ha sido la prioridad de una gestión, que ni siquiera investigó a los gobiernos anteriores. Peor aún, ha continuado con las antiguas prácticas prebendarías que no favorecen a instalar una imagen de lucha contra la impunidad.

Tampoco se ha demostrado austeridad en el manejo de los bienes públicos. La impresionante cantidad de viajes, las frívolas apariciones del Jefe de Estado, el derroche en la compra de lujosos vehículos y la buena vida que se dieron los funcionarios de todos los niveles en este periodo, dista mucho de aquellas promesas populistas de Lugo de donar su salario a los indígenas y de continuar viviendo en su casa, dejando Mburuvichá Roga para ocasiones muy especiales. Se hablaba de modestia en el uso de los bienes del Estado y se manejaron los recursos de forma radicalmente opuesta.

Razones como las expuestas hacen que hoy, el hecho histórico que significó la alternancia en el poder quede reducido a una tímida recordación de pequeño grupo de organizaciones oficialistas. Sin embargo, la historia reivindicará este como un episodio de madurez social, eminentemente ciudadano en donde el país demostró que los pasos para crecer como sociedad son fuertes y demuestran que la gente quiere comenzar a vivir en un país en serio.

Que el resultado electoral no haya sido óptimo es un tema para tomarlo en cuenta, aunque la cuestión de  fondo es más importante. Hace cuatro años demostramos que podemos construir una sociedad en serio, respetando la voluntad de la gente. Este es un gran motivo para celebrar

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