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06 de Marzo, 2012 | Caminito al costado del mundo

Ausencia y muerte

Dos niñas de 8 y 6 años aparecen muertas asfixiadas, presuntamente abusadas sexualmente. Quien encuentra esta espeluznante escena es su hermana de 15 años quien las había dejado solas en su casa, al notar que durmieron. Ella se fue a una discoteca con sus amigas y llegó a las 10 de la mañana, momento en que halló a las pequeñas muertas. La adolescente estaba a cargo del cuidado de las niñas desde que su madre fuera a la Argentina para trabajar. El padre está ausente.

Sucesos criminales de este tipo, como el que conocimos en Alto Paraná, lastimosamente ocurren con cierta frecuencia en nuestro país. Casos que uno nunca desea ver y que repudia con todas sus fuerzas forman parte de nuestra rutina. Conmueven por un tiempo, hasta que otro crimen desvía nuestra atención. Sin embargo, el origen de los hechos tiene una raíz común, una serie de problemas sociales que deberían llamarnos a la reflexión para intentar enderezar nuestro rumbo.

Con cierta periodicidad se habla de defender la familia en nuestro país. Siempre me pregunto cuando se habla de este tema ¿Cuál es el modelo de familia que queremos defender? El que tiene padres e hijos que viven en convivencia armónica seguramente. ¿Cuántas familias “tradicionales” persisten en el país? ¿Es un requisito imprescindible tener esa constitución familiar para resguardar a la sociedad? Deberíamos encontrar respuestas a estos y muchos otros planteamientos para comenzar a desgranar mejor el contexto en el que convivimos.

Es imposible pensar en una constitución familiar estándar cuando miles de compatriotas son expulsados a un exilio económico por la falta de acceso al trabajo digno en nuestro país. De la misma forma, intentar conseguir empleo calificado, que brinde recursos económicos parece algo inalcanzable cuando la formación académica es endeble y no está pensada para tener una salida laboral. En este escenario, seguirá el flujo de paraguayos al extranjero intentando un mejor pasar económico para sus familias.

La paternidad ausente es una historia que se viene repitiendo desde la repoblación del país después de las guerras grandes. Una cultura que parece otorgada como un estigma que es imposible de quitarnos de encima, como si tratase de un capricho del destino. ¿La educación no ayudaría a que esto cambie? ¡Claro que sí! Es que cuando ignoramos nuestras carencias que surgen de la cruda realidad social que enfrentamos, fallamos al no proyectar el aprendizaje para modificar conductas que son perniciosas.

Intentar atribuir responsabilidades a adolescentes que están en pleno desarrollo de su personalidad es un error. Cuestionar su conducta sin tener en cuenta la cantidad de factores que influyen en la misma, es mirar el árbol e ignorar el bosque.

En este coctel de imperfecciones, criminales con una mente podrida tienen las condiciones servidas para cometer los hechos más denigrantes. Si le sumamos la impunidad de la Justicia, las precariedades de la investigación policial, estamos ante un escenario ideal para que casos como el que sacudió Minga Guasu, puedan volver a suceder en cualquier momento, en cualquier lugar del país.

Es impostergable instalar en la agenda de discusión pública este tipo de situaciones. No podemos seguir teniendo una mirada limitada del contexto social en el que sobrevivimos. Muchas veces la respuesta puede ser tardía, como para estas niñas. Por eso, además de indignarnos y zapatear unos minutos para luego olvidarnos de todo; en su memoria, y en homenaje a muchas otras más, exijamos soluciones. ¡Basta de silencio cómplice! El dolor en el Paraguay alguna vez debe finalizar.

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